Betty Anne Waters: Ejemplo de superación que va más allá de la ficción

Ayer, Estado de Massachusetts. Nos encontramos en plena década de los 80, y Kenny Waters (interpretado por Sam Rockwell ‘Confesiones de una mente peligrosa’, 2002) ha sido acusado de homicidio en primer grado  por el asesinato a sangre fría de Katharina Brow. ¿La pena? Cadena perpetua, sin posibilidad de volver a ver la luz, salvo aquella que ilumine su celda. Desde el primer momento sabemos que es inocente, aunque algunos espectadores ávidos de algo más, sí buscarán un giro de tuerca que haga que esa realidad cambie bruscamente. Sin embargo, ésta es una historia basada en hechos reales. Es lo que hay, no lo que queremos que haya.

Esta película nos relata la acción vital principal de la protagonista, Betty Anne Waters (Hilary Swank, famosa por películas como  ‘Boys Don’t Cry’ (1999) o ‘Million Dollar Baby’ (2004)  por la que resultó  ganadora de un Oscar y un Globo de Oro) una mujer de clase bastante humilde, con una infancia difícil, sin estudios y con dos hijos, pero con un (más que, diría yo) amor tan tremendo por su hermano, que le llevará a renunciar a su vida de casada, a acabar aceptando que sus dos hijos decidan vivir con su ex marido y todo lo que le resulte necesario para probar la inocencia de su hermano. Desesperada, tras haber agotado todos los recursos del aparato legal, Betty Anne, convencida de la inocencia de su hermano y lejos de rendirse, decidirá licenciarse en la carrera de Derecho, para convertirse en la abogada de Kenny y sacarle de la cárcel.

Durante la carrera conseguirá la complicidad de una compañera, un apoyo fundamental durante el largo proceso en que se desarrollarán los hechos. Junto a ella, tendrá que enfrentarse al sistema policial y judicial norteamericano, mostrándonos así el lado oscuro y la corrupción de dicho sistema, al que además, como ilustra la historia, le cuesta reconocer sus errores.
A este largometraje, cuyo argumento no puedo desmerecer, quizá la pantalla grande le queda un poco más de lo mismo, debido a que sus imágenes son bastante planas, y  también por su apariencia bastante televisiva, esta vez con un punto de crítica social, con una mujer obcecada en busca de justicia, a lo ‘Erin Brokovich’ (2000). Quizá el director, Tony Goldwyn (conocido por el papel de villano en ‘Ghost’, 1990, y por ser director de series como ‘Dexter’ y ‘Anatomía de Grey’) parece más preocupado por tratar de ser profundo que por tratar de ser honesto. Debería haber prestado más atención a pequeños detalles que podrían haber elevado su historia sobre el grueso de producciones similares. Pero prefiere darle a todo un tono artificial de normalidad, y de tanto que se esfuerza en ello, y en ser consecuente a nivel formal, al final el resultado termina paradójicamente transpirando una cierta esterilidad de sentimientos. Sobre todo a la hora de desvelar el desenlace de la historia. En términos más vulgares, el director de esta película “decide no mojarse demasiado”.

Sin embargo, el largometraje se salva de la linealidad y la neutralidad precisamente por los momentos de flashbacks que tiene. Incluso nos llegamos a encontrar con flashbacks de segundo grado; uno dentro de otro, al más puro estilo ‘Origen’ (2010) o ‘Nivel 13’ (1999), pero esta vez sin sueños de por medio. Éstos otorgan el peso merecido a la pareja protagonista y disponen el lienzo sobre el que van a trabajar sus (esto sí) solventes actores. Construyen una férrea relación fraternal basada en la unidad afectiva como única vía para seguir hacia delante: la fe de Betty Anne en su hermano es indestructible. Destacan también las actuaciones de protagonistas secundarios, como Melissa Leo (‘The Fighter’ 2010) la polifacética Juliette Lewis (‘Diario de un rebelde’, 1995) o de Peter Gallagher (‘American Beauty’, 1999)

Es interesante observar los caminos y los planteamientos interpretativos de cada personaje. Y resulta atractivo observar cómo, a pesar de avanzar juntos y de partir de un punto común representado en los flashbacks, el tiempo va haciendo mella de modo distinto: ella apenas cambia físicamente a lo largo de los años; sí se hace más madura, pero experimenta un camino lógico, aferrada a su convicción. Mientras que en él podemos adivinar el paso del tiempo en sus arrugas, en sus miradas cansadas aderezadas con profundas ojeras y en sus avanzadas entradas. La presión social y los errores de terceros han terminado casi destruyéndolo.

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