La vida siempre será analógica

Yo estaba atenta a mi café y a mi gripe y de pronto, no sé con qué motivo, Adri me estaba hablando de High Voltage, el primer disco de AC/CD. Me dijo que la canción que más le gusta de ese disco era “Live Wire”. Me acuerdo porque esa tarde busqué esa expresión en el diccionario, yo sabía que quería decir ‘cable vivo’, pero eso era un poco raro, así que supuse que sería ‘cable conectado’, o quizá ‘pelado’ o ‘cable con corriente’. lo último es lo que venía en el diccionario, y que también podía ser ‘rabo de lagartija’. Luego, en eso que te ponen frases de uso venía esta que me encantó: “Never touch a person in contact with a live wire”, nunca toques a alguien en contacto con un cable con corriente. Estuve buscando la canción, pero supongo que me llamaron o me despisté, el caso es que lo dejé antes de encontrarla y me fui olvidando.

Y mira, tres meses después, en la calle, con el ánimo bastante por los suelos, me sentía exactamente igual que un cable vivo, una descarga eléctrica sin final.

Eché a andar, pero esta vez sí sabía adónde iba. Bastante lejos, aunque no tanto como para tener que coger el metro, había una tienda de vinilos. Como ahora son muy caros, había pasado dos veces por delante de ella sin entrar. Yo nunca he tenido un vinilo. Pero en casa había algunos y me encantaban. Tampoco discos, no tienen tocadiscos, así que sólo había visto los discos por fuera, y los había sacado de la funda. Eran preciosos, negros, con reflejos y rayas. Después de como un cable vivo, yo me sentía como uno de esos discos negros. Pensé que a lo mejor en la tienda me dejaban oír alguno.
Se había hecho de noche y me perdí un poco; llegué a la tienda a las ocho menos diez. Además, no llevaba dinero para comprar un disco de ésos ni mucho menos. Pensé que se iban a poner de mal humor conmigo y me iban a echar en seguida porque tendrían que cerrar. Menos mal que dentro había bastante gente mirando; nadie pareció fijarse en mí. No sabía por dónde empezar, así que me puse a buscar AC/DC. No encontré High Voltage, pero había otro que se llamaba Highway to hell, autopista al infierno. En la carátula salían los del grupo, uno de ellos con cuernos de diablo. Me gustó cómo miraban, tenían cara de: nos da completamente igual lo que piensen, nosotros estamos bien aquí y tú, si quieres, también puedes venirte. Me quedé mirando un rato la foto y los títulos de las canciones. Luego, por fin, me decidí a preguntar si me dejaban oír un tema. Detrás del mostrador había dos chicos.
-¿Puedo oír éste?
-No, no dejamos. Son piezas de coleccionista.
-Ah.
Me fui sin decir nada más, pero cuando estaba dejando el LP en su sitio, vino el mismo chico que me había dicho que no me dejaban.
-Ven -dijo-. Mira, los que hay ahí están defectuosos, rayados y tal. Si el tema que buscas está bien, ésos sí podemos ponerlos. Los de AC/DC estarán a la izquierda. Sacó el primero, Highway to hell.
– Está bien. Faltan cinco minutos para cerrar. En cuanto cerremos te lo pongo. Sólo este tema, luego nos vamos. Si quieres te lo ponemos ahora, pero suena mucho mejor a todo volumen.
-Espero, gracias.
Me quedé con el disco en la mano, y pensé que los vinilos eran como los cuadernos, se acaban. Eso está bien. Me refiero a que las cosas se acaben. Porque es mejor saber a qué atenerse. La gente se muere, las cosas terminan, un disco es un disco, cuando yo acabe este cuaderno dejaré de hablar contigo, y si no he conseguido hacerte pasar aquí dentro, que escuches lo que yo escuché, que cruces la puerta conmigo, habré perdido mi oportunidad. Porque en la vida también se pierden oportunidades. En el insti hay gente que tiene cinco mil canciones almacenadas. Una música que no se acaba no sé para qué sirve. Creo que a los cedés les pasa lo mismo. Los pierdes, sacas otra copia. los estropeas y no te importa porque ya te descargarás la canción otra vez. Bueno, por un lado está bien que podamos descargar la música, copiarla y regalarla sin gastarnos muchísimo dinero. Los cedés de las tiendas con sus cajas de plástico me parecen muy caros y absurdos, para nada valen tantos euros como te cobran. Creo que los vinilos son diferentes. Porque son analógicos y la vida es analógica.
Lo digital es intercambiable: cualquier cosa la conviertes en ceros y unos y la puedes copiar y reproducir hasta el infinito. Pero la vida no la puedes convertir en ceros y unos. Los ceros y unos no se mueren, ni siquiera se cansan. Lo analógico se cansa, se gasta, es como si dibujas una raya que se va torciendo con subidas y bajadas y picos y trozos donde tiembla el pulso. Si la música es esa cosa infinita que flota por todas partes resulta difícil saber cuál es tu música. Y es difícil que te guste un grupo cada semana. Bueno, a mí me resulta difícil, porque en mi código la lealtad es importante. Yo no voy a fallarle a Vera nunca. A lo mejor un día la dejo plantada y otro día la mando a la mierda, pero ella seguirá sabiendo que la he elegido. Que si le fallo, es porque me estoy fallando a mí, o porque nos hemos enfadado. Pero nunca la traicionaría, ni iría cambiando de amiga cada semana.
Oí que el dependiente decía:
-Vamos a cerrar.
La gente empezó a salir, yo no sabía qué hacer, me acerqué a la puerta, dudando, con el disco en la mano todavía. El chico que había hablado conmigo me llamó y me hizo pasar detrás del mostrador. Me sentí importante.

Deseo de ser Punk”  (Belén Gopegui, 2009, p. 82 – 85)

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