El salto al vacío VS El vacío bajo los pies

Corría el 25 de enero de 2011 cuando el diario El País se hacía eco de la decisión tomada por el director de cine y entonces presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, Álex de la Iglesia, de dimitir de su cargo en la institución tras la polémica suscitada por su posicionamiento en contra de la denominada “Ley Sinde”.

Tras dos años al frente de la Academia, De la Iglesia reconocía que “lo coherente” era dejar su puesto, y que continuaría discutiendo al respecto de la nueva ley, pero mejor desde su posición como director de cine. A partir del 10 de abril del mismo año, el productor cinematográfico, exhibidor, distribuidor, presidente de Alta Films y propietario de la famosa cadena de cines Renoir, Enrique González Macho, tomaba el testigo del director bilbaíno y se convertía en el decimotercer presidente de la máxima entidad del cine español.

González Macho se enfrentó el pasado 19 de febrero a su primer discurso como presidente del organismo. Con tal expectación, González Macho se pronunció en tono conservador a través de un texto del que cabe destacar un mensaje para todos, “pues todos somos internautas”, pero dirigido notablemente a su antecesor y a la facción de cineastas que apuestan por la Red como el futuro de la cinematografía. “Internet aún no forma parte de la actividad económica del cine”, matizó el presidente.

En la gala del año anterior, Álex de la Iglesia defendió en su discurso que “Internet es la salvación de nuestro cine”. El entonces presidente se dirigía a los presentes en el Teatro Real explicando que “crisis en griego es cambio, y el cambio es acción. Nadie se podía imaginar hace años a dónde nos podía llevar Internet. Internet no es el futuro, es el presente, sirve para que millones de personas se comuniquen. Es la nueva ventana que se nos abre al mundo”. De la Iglesia, que ya había comunicado su dimisión, hacía así una clara apuesta por la necesidad de cambio en el modelo de negocio de la industria del celuloide.

La cuestión, que podría considerarse interesada entre dos visiones contrarias respecto al modelo de negocio de la industria cinematográfica española, resulta aún más determinante si se recuerda que una de las plataformas nacionales más importantes de descarga legal de contenidos cinematográficos y audiovisuales, Filmin, tiene como socio al propio González Macho.

A través de la unión de Alta Films, Avalon Distribución, El Deseo, Golem, Tornasol, Vértigo Films, Versus Entertaiment, Wanda Visión y Cameo, Filmin nació en 2006 como oferta de cine independiente en ‘streaming’ y de manera legal, con un catálogo que supera a día de hoy los mil títulos y que en junio de 2011 ganó el Premio Time Out al proyecto más innovador.

El choque que se produjo entre ambos era de esperar, y así se manifestó con la “respuesta” de Álex de la Iglesia ante el discurso que dio González Macho. En una intervención en el diario El País, bajo el título “El vacío está ya bajo nuestros pies”, el cineasta vasco discrepó sobre la idea de González Macho de que los recursos del cine no pasan por Internet. Según De la Iglesia, todos somos internautas y, por lo tanto, el público también, por lo que el cine ha de mirar por su obligación de trabajar para el público y salir a buscarlo allá donde se encuentre.

Ante esta realidad, el antiguo dirigente de la Academia se muestra crítico con la escasa oferta legal de cine ofrecida en la Red (Youzee, Wuaki, Voddler, Cineclick y la propia Filmin) respecto a la urgente demanda existente. De la Iglesia se lamentó así de que la “tienda virtual” del cine se encuentre “cerrada”, incidiendo en la necesidad de cambiar este modelo de negocio en Internet para no tener que lamentar pérdidas. “¿Cuánto tiempo vamos a esperar?”, se preguntaba el cineasta bilbaíno.

Sobre la llegada de una de las vías que podría relanzar el mercado cinematográfico en la web, el portal Netflix, el director planteó la necesidad de una “reconversión del medio”, como ya ocurriera con la prensa o el también ajado mercado musical o el de Amazon. “¿Por qué no somos nosotros los primeros en explotar las bibliotecas de cine de forma legal y asequible para el usuario? ¿No somos capaces de verlo como una oportunidad?”, insistía De la Iglesia.

Finalmente, el responsable de filmes como El día de la bestia terminó su análisis con una referencia directa al actual presidente de la Academia. “Mi amigo y distribuidor Enrique piensa que este cambio es prematuro, que ‘la industria cinematográfica no se puede permitir dar un salto al vacío’. Creo, humildemente, que el vacío está ya bajo nuestros pies. No querer mirar es la más peligrosa de las cegueras. La relación entre productores de contenidos y consumidores ha cambiado para siempre. Es una realidad imparable”.

Estas posturas enfrentadas defienden una cosa en común, y es que el acceso se haga de forma legal. Por eso, no hay duda de que el reto más importante que hay que abordar en la actualidad es cómo hacer partícipe al ciudadano para que invierta en cine y en cultura en general, haciéndole consciente de que el precio que paga por la entrada no cubre todo el gasto que supone la producción de una película, por lo que la diferencia debe ser abonada por el Estado o el dinero privado.

Lo que está claro que ante la situación de crisis es necesario replantearse los modelos de gestión y buscar nuevas formas de financiación. El conflicto está en que, aunque muchas personas sí pagan por el acceso al cine y la compra de películas, hay muchas más que no ven problema en descargárselas de manera ilegal y gratuita de Internet, es más, lo asimilan casi como un derecho que han venido ejerciendo desde hace mucho tiempo ya. Es una simple cuestión de educación; hemos aprendido a comportarnos así desde jóvenes; gastamos casi 5 euros por un café con hielo del Starbucks, pero pagar 7 por una entrada de cine nos parece una barbaridad. Internet podría ser una alternativa legal por completo respecto a la difusión del cine, además de la más adaptada a los tiempos de hoy. La cuestión está en la pregunta ¿qué mentalidad adoptar y cómo adoptarla? Una continua disparidad de opiniones no será, desde luego, la solución.

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