“La ley del mercado”, welcome to the jungle

El pasado viernes llegaba a nuestras salas de cine “La loi du marché” (La ley del mercado) una cinta que relata con un realismo tan duro como aplastante lo que el sistema capitalista y la crisis han hecho con el mercado laboral y en lo que nos hemos convertido nosotros a causa de ello.

La cinta fue presentada en el Festival de Cannes del año pasado donde consiguió excelentes críticas, especialmente por el fabuloso trabajo realizado por el actor principal, Vincent Lindon, una bestia de la interpretación, uno de los mejores actores del cine francés. Obviamente, su papel en La ley del mercado le valió el premio a Mejor Actor en Cannes 2015. El guión y la dirección corren a cargo de Stéphane Brize, y en el reparto podemos encontrar también a otros actores (no profesionales) como Yves Ory, Karine de Mirbeck, Matthieu Schaller y Xavier Mathieu. 

equipo La ley del mercado

Vincent Lindon y Stéphane Brizé en el preestreno de la película en los cines Golem el pasado 11 de febrero. Fotografía: Chus Pérez Girón

En esta película se quedan muchas cosas sin decir explícitamente, pero tiene que ser así, las palabras no hacen falta. En realidad el mensaje que se pretende transmitir está claro en todo momento y es que la crisis que vivimos actualmente nos ha deshumanizado por completo, convirtiéndonos en meros objetos en manos del sistema económico, además de obligarnos a ser cómplices de él (si queremos sobrevivir, claro). Las empresas han aprovechado este mal momento por el que pasamos y ya nadie es irremplazable en un mundo donde, más que la formación y el talento de las personas, cuentan las apariencias y las formalidades. La pregunta que se me viene tras haber visto este  filme es… ¿Hasta dónde estaría una persona dispuesta a llegar por mantener tu trabajo, por tener un mínimo sueldo con el que mantenerse? ¿Dónde está el límite moral de uno? ¿Tú qué harías en una situación igual?

Stéphane Brize y la estrella Vincent Lindon nos ofrecen  en este largomentraje una impresionante incursión en el drama social en forma de crítica voraz. A través de la historia del protagonista Thierry Taugourdeau, somos testigos de la miseria por la que pasan en la actualidad muchísimas personas y a qué han quedado relegadas tanto las personas como las relaciones sociales entre ellas, sobre todo en el mundo laboral.

Thierry es un hombre de 51 años, sin trabajo y apenas sin recursos que tiene que hacerse cargo económicamente tanto de su mujer, como de su hijo disminuido psíquico. Lo ha intentado todo para conseguir salir del paro, cursos inservibles a través de la oficina de empleo, entrevistas incómodas y humillantes a través de Skype… Todo el mundo parece hacer las cosas por mera formalidad y no porque realmente deseen ayudarle a seguir adelante: “voy a ser honesto, señor Taugourdeau, hay muy pocas posibilidades de que le contratemos”… ¿entonces por qué le citas para una entrevista por Skype, señor entrevistador?

La-ley-del-mercado-cartelThierry conseguirá finalmente ser contratado como vigilante de seguridad en un supermercado donde tendrá la labor de cuidar que los clientes no roben nada, pero también se le encargará algo más turbio: que vigile a sus compañeras, las cajeras, para controlar que hacen su trabajo como deben, esto es, que no se dejen sin pasar ningún producto a los clientes, que no cojan dinero de la caja, etc. Esto para él que se convertirá en un auténtico dilema moral, ya que es él el que ahora se ve obligado a humillar a los demás, a compañeros suyos de trabajo con situaciones vitales mucho peores que la suya.  Con esto el director, Brize, claramente parece estar diciendo que “la ley del mercado” es la única que verdaderamente cuenta.

El peso dramático e interpretativo de la cinta recae sobre Lindon, que  en todo momento sabe estar a la altura de lo que su personaje requiere, un personaje desesperado al que parece que, de un momento a otro, se le van a salir los ojos de las órbitas de tantas situaciones límite que se le ponen por delante. Su rostro llega incluso a ser más expresivo que sus propias palabras, es un reflejo mudo de su propia indignación al saberse parte de un sistema enfermo en el que todo el mundo, incluido él, parece haber perdido sus principios morales. Esos silencios muestran tanto su incapaz como la nuestra para creernos la estupidez inhumana por la que se rige el mercado de trabajo, el mercado financiero o las relaciones laborales en las que los compañeros terminan por ser inquisidores y delatores de sus iguales.

Su interpretación es uno de los puntos claves de una producción que apuesta por un realismo tan grande que parece estar a punto de cruzar la línea que separa la ficción del documental. La cinta se convierte en un consecución de secuencias largas y sostenidas, con planos muy cerrados y con una cámara que pasa de un personaje a otro mientras se desarrolla la acción. Sin necesidad de música, con el sonido ambiente como única referencia sonora, escuchamos hasta los detalles más innecesarios de las conversaciones entre personajes, todo ello fruto de la búsqueda de un naturalismo que consigue que nos sintamos incómodos e impotentes ante las situaciones creadas no solo por la crisis financiera sino también por la absurda forma en que nos ha obligado a todos a reaccionar. El filme consigue tal realismo que llega incluso a hacerse un poco extenuante.

Esta no es una película fácil de ver. Es muy dura, pero es muy necesaria. Constituye una denuncia social en toda regla y dada su crudeza, el verla puede llegar a provocar que el espectador se agite incómodo en la butaca. Sin duda nos sacará de nuestra zona de confort y nos hará reflexionar sobre hasta dónde podemos llegar si continuamos haciendo las cosas como hasta ahora.

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